La mayor injusticia del mundo

Desde mi punto de vista, una de las mayores injusticias de este mundo se produce individualmente, con cada una de las personas que nacen.  En mayor o menor medida, se nos enseña desde bebés a desconfiar de nosotras mismas. Sucede de una forma tan lenta, y a veces tan aplastante, que produce los dramas más inhumanos incluso en personas con situaciones aparentemente positivas o "envidiables". A ojos del resto, muchas historias personales se llegan a ver como inexplicables o con responsabilidad exclusiva de la pequeña personita que llega a este mundo (reforzando profundamente el problema).  #IncondicionalMente #Autoestima #Injusticia #Autoaceptacion

Una de las mayores injusticias de este mundo se produce individualmente, con cada una de las personas que nacen.

En mayor o menor medida, se nos enseña desde bebés a desconfiar de nosotras mismas. Sucede de una forma tan lenta, y a veces tan aplastante, que produce los dramas más inhumanos incluso en personas con situaciones aparentemente positivas o “envidiables”.

A ojos del resto, muchas historias personales se llegan a ver como inexplicables o con responsabilidad exclusiva de la pequeña personita que llega a este mundo (reforzando profundamente el problema).

Esta injusticia se expresa en eso que llamamos autoestima. Esta no es natural al ser humano, es algo que nos enseñan desde pequeñitos y es lo que, anteriormente, fue impuesto a los que estaban a nuestro cuidado.

La autoestima es una valoración “inocente” que haces de tu persona, condicionada a dos cosas: que tengas éxito en lo que hagas y que los demás te aprueben. 

Seas quien seas es imposible que todo te salga “bien”, lo mismo que tampoco es posible que todo te salga “mal” (dependerá también de los objetivos y el marco desde el que evalúes, porque puedes estafarte muy fácilmente). De hecho enfocarte en los resultados es el obstáculo principal para conseguirlos, te vuelves inflexible porque no estas presente en el camino. En definitiva, poco puedes aprender si no quieres equivocarte nunca.

Pero es que los demás pueden no aprobar lo que haces aunque todo te salga bien.

La autoestima es un pequeño bucle con un potencial de destrucción incalculable. 

Desde la autoestima, mi valor como persona depende de que todo me salga bien (o como yo quiero, como debería, o como me han dicho.. ) y de que los demás me aprueben por ello (y que por extensión me aprueben a mí como a un todo).

Es decir, que soy emocionalmente dependiente de personas, cosas y situaciones que en realidad escapan a mi control. Con toda probabilidad me van a valorar más bien a la baja la mayoría de las veces, porque están juzgando según su criterio y su propia vida, que no es la mía. Y en realidad, no siempre puedo saber qué piensan los demás. Pero me mantiene enganchada al bucle porque, aunque hoy me haya salido algo bien (como yo quería) y recibiera alabanzas por ello (fue aprobado por otro/s), mañana tengo otra cosa más que hacer que se convierte en un problema (algo a solucionar) y en una nueva fuente de preocupación por mantener esa autoestima y/o por proyectar una imagen exitosa y positiva hacia los demás.

Esa añorada estabilidad feliz nunca llega. De hecho, la presión por conseguir ese TODO me lleva a estar constantemente en tensión y a unos niveles de ansiedad nada saludables. Pero el cuerpo se habitúa y no soy del todo consciente del nivel de estrés que llevo encima. No solo eso, sino que hasta cierto punto, los demás se adaptan también haciéndolo todo más complicado de reconocer y de cambiar.

¿Y cómo hemos llegado a esto?

Volviendo al comienzo de cada persona en el mundo, cuando eres bebé estás en tu estado más natural, estás en el presente, tienes reacciones emocionales espontáneas y simplemente interaccionas con lo que tienes delante. Estás conectada a lo que me gusta llamar tu “brújula interna”, que se va nutriendo de las nuevas experiencias y, de forma constante, se comunica con el exterior para dar expresión a tu personita de forma auténtica.

Son tus cuidadores los que, con todo el amor y sin ninguna mala intención, te enseñan desde niña a empezar a ignorar a esa brújula para poder “amoldarte a la sociedad”, como en su momento otros hicieron con ellos.

No nos engañemos, en este proceso no te enseñan a entender cómo funciona la sociedad, te enseñan a ser homogénea, te enseñan a no ser tu misma porque resulta molesto, inapropiado, a veces embarazoso o incómodo,… Y siendo tus educadores las personas más importantes, las de referencia para ti, aprendes que son otros los que tienen razón sobre ti misma, no tu pequeña brújula, y que siempre tienes que mirar fuera de ti para saber qué hacer, qué pensar o qué sentir.

Y la conexión se pierde.

Con el tiempo, y en ocasiones, tienes pequeños momentos de reconexión fugaz, esas veces en las que te encontraste con algo para lo que el tiempo parecía pararse, en las que estabas completamente fusionada con lo que estabas haciendo y te producía una sensación casi extraña en la que te sentías cómoda, a gusto, en tu salsa.

Para algunos afortunados esto puede producir un despertar de esa conexión, sobretodo si ha tenido pequeños apoyos (curiosamente, para muchos fue un abuelo) que hayan roto con la coherencia del sistema que dice que todo tiene que costarte horrores, que hay que hacer cosas que no quieres, que la vida es así, que es lo que hay, que tienes que forzarte constantemente. En resumen, que si haces lo que te gusta te echas a perder.

Para otros algo menos afortunados ese despertar viene de un golpe de la vida (enfermedad, accidente, crisis, ruptura, pérdida de algún tipo), algo que hace temblar los cimientos de lo que considera sólido e inamovible y que, de repente, simplifica su vida y hace que vean lo verdaderamente importante para ellos. Son situaciones durísimas, aunque para muchos ha sido la única manera de reaccionar, reconectar y plantarse ante la vida.

Sin embargo, las grandes víctimas son aquellas que pasarán por esta vida sin plantearse jamás que su verdadero y más genuino poder reside dentro de ellas mismas, y no en la atención de otros, en las cosas materiales o en el político o la multinacional regente.

Son las personas que pasarán toda su vida defendiéndose, dando su opinión del mundo sin escuchar a casi nadie, pero lo más grave de todo es que jamás se escucharán a sí mismas. Se estarán tratando toda la vida como las trataron al principio de los tiempos, por miedo a mirar dentro, por miedo a llevar la contraria, a “traicionar” a las personas que las “educaron”.

La buena noticia es que hay una alternativa a esa fastidiosa autoestima 

La alternativa es la autoaceptación incondicional, aceptarte a ti misma pase lo que pase.

Este fue tu punto de partida cuando llegaste a este mundo, tu conexión con tu brújula y es, en realidad, con lo que venimos todos “de serie”. Es lo que crea espacio para tu yo más auténtico y puro.

Si no te aceptas, ignoras quién eres tú para que alguien o algo dirija tu vida desde fuera de ti.

  • Necesitas cortar con el bucle infinito de la autoestima, evaluando solo los resultados de tus acciones en función de tus objetivos y dejándolo ahí, no sacando conclusiones sobre tu persona basadas en lo que has hecho o en lo que a otros les parece. No poniéndote nota.

  • Supone comprometerte contigo, tomar la decisión consciente y voluntaria de aceptarte incondicionalmente. Que te aceptes a ti misma tal y como eres, con tu pasado, con tu futuro, con el lugar donde naciste, no solo físicamente, sino con todo lo que has heredado de tus padres, con tus emociones, con tus pensamientos políticamente incorrectos o no, socialmente censurables o no. Esta es una aceptación integralmente sincera que favorece que te conozcas de una forma profunda.

Y cada vez que te llega tu propio rumor mental de que estás juzgándote porque no te salió bien o no es perfecto, o porque alguien te ha criticado o no aprueba lo que haces o piensas, solo tienes que recordarte que esa discusión está fuera de la mesa, no existe, esa decisión ya ha sido tomada y es inamovible. Nada de eso tiene que ver contigo porque…

“tú ya te has aceptado” (y punto)

Parece difícil, pero es que, irónicamente, no lo es… Esta aceptación no se hace solamente de palabra, para mí al menos no fue suficiente, porque el resto del tiempo la mente divaga y te mete en líos donde al final te sientes mal y no sabes por qué. Pero es que tampoco tienes que ir a ningún sitio, no tienes que comprar nada, ni tomarte nada, el siguiente paso comienza con una “acción” muy simple: parándote.

¿¿Parándome??

Sí, básicamente con quietud. Creando un lugar y un momento donde estar cómoda y en silencio para parar, concentrándote en lo más básico para tu vida que es tu respiración, devolviendo la atención de tu mente a ti misma, a cómo estás tú, a qué se siente en tu piel, en tu cuerpo y en este momento.

En pocos segundos tu atención va a oscilar, vas a ver aparecer ideas, mensajes, pensamientos, juicios, imágenes, recuerdos, en una sucesión sin final aparente. Pero no pasa nada, no estás haciendo nada mal, estás simplemente experimentando cómo actúa tu mente (y la mía y la de todos).

Esto es lo que ocurre a todas horas, en tu día a día, pero la mayoría de las veces no eres consciente de ello. Muchos de esos pensamientos podrían decirte ahora cosas como “vaya rollo”, “no tengo tiempo para esto”, “esto son tonterías que solo puede permitirse alguien sin nada que hacer”, “no lo hago bien”, “yo no puedo”, y te mueven a actuar, a levantarte y ponerte a hacer algo, lo que sea, con tal de callarlos. Pero, irónicamente, lo único que tienes que hacer es reconocer que están ahí y volver a las sensaciones de tu respiración. Y volver. Y volver. Y siempre volver. 

Esto que he descrito es básicamente lo que ocurre cuando meditas, lleves un día o lleves 20 años. Es cierto que cuanto más lo practicas, más “control” tienes sobre tu mente, pero el objetivo no es controlar, no es tener la mente en blanco, el objetivo es aceptarlo, aceptarte, y entender que todo eso no son más que pensamientos, que no son la realidad y que no tienes por qué hacer nada al respecto.

Una vez que experimentas por ti misma que son solo pensamientos, recuerdos, juicios, sensaciones… y vuelves a prestar atención a tu respiración, se van, se debilitan, dejan de tener control sobre ti, y eres libre.

Meditar es una práctica, no es un estado mental.

Este puede ser el comienzo de un camino lleno de sorpresas, el camino que lleva a tu felicidad auténtica. A pesar de su simpleza, este primer paso es muy difícil de dar, sobretodo si en tu círculo la meditación no es un tema interesante o está cargado de prejuicios. Siendo prácticas, tu cerebro ha ido amoldándose a lo que haces y lo que conoces.

Si esto es algo que nunca has hecho, o no has tenido una experiencia positiva, ese cerebro que puede ser tan flexible, puede también mantenerte reticente a probar algo nuevo. A mí me ha pasado y quiero que sepas que no estás sola.

Curiosamente una vez que te aceptas, empiezas a ver el mundo de otra forma. La vida ya no es algo que hay que sufrir o luchar, ni tu eres algo que haya que mejorar, ya que estas completa desde el momento en que naciste.

A partir de este punto solo puedes disfrutar, experimentar, desarrollar, improvisar e intuir a través de esos tesoros únicos que te hacen ser quien eres, alguien irrepetible. El mundo merece que tú compartas eso que te hace rara, diferente, eso que lo enriquece y que rompe con la homogeneidad zombi.

Es una gran injusticia para el resto de nosotros que tú no te aceptes.

Y tú…

¿Te has aceptado ya? ¿Qué te parece tomar las riendas y decidir aceptarte simplemente porque sí?
¿Qué es eso que hace que te sientas en conexión contigo?

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6 Comentarios en “La mayor injusticia del mundo
  1. Javi dice:

    Es curioso, la necesidad de aceptación tan exagerada con la que vivimos y que muchas veces, empieces a descubrirte y ser tu mismo demasiado tarde. Pero lo cierto es que quien te quiera, te querrá precisamente por tus rarezas, imperfecciones, diferencias o como queramos llamarlo. Es la autenticidad de cada individuo lo que permanece. Por eso el enamoramiento de la belleza externa es pasajero, pero terminamos quedándonos con la belleza interna personal, q es lo q perdura. Gracias Amelia por tus publicaciones, me parecen muy interesantes

    • Ame dice:

      ¡Hola Javi!

      Tal y como escribes, es verdaderamente exagerada, pero se ha introducido en nuestras vidas tan sigilosamente y cuando aún no podíamos entenderlo, que no somos realmente conscientes de ello. Pero pienso ahora que nunca es demasiado tarde, porque esto no es perfecto, es como ha ocurrido sin más. Y si uno se da cuenta con 60 años pues bienvenido sea. Hay oportunidades todos los días a todas horas, pero somos ciegos mientras no podamos romper la burbuja {que, además, no vemos}.

      Creo que lo queremos en otros o de lo que nos enamoramos tiene muchas veces más que ver con nosotros que con esa otra persona.

      Gracias a ti por venir. Un placer leerte 🙂

  2. marivi dice:

    Yo tambien practico de vez en cuando la meditacion. Y cambio mi forma de pensar, pienso todo lo bueno q tengo. Y hago afirmaciones positivas todos los dias cuando comienza el dia y me va mejor.

    • Ame dice:

      ¡Hola Marivi!

      Es realmente fascinante una vez que lo pruebas, antes de hacerlo no puedes entender el regalo que supone en tu vida. Me alegro mucho por ti.

      Gracias por compartir tu experiencia 🙂

  3. LOLA dice:

    GRACIAS Amelia, el descubrimiento de mi yo, me vino a través de la “gran literatura”: como resuelven otros los problemas, como viven, como piensan, que comen…; me dí permiso para conocerme, para valorarme, y en eso estoy, es un viaje fascinante y económicamente rentable invertir en conocerme, me lleva a construir mi código ético, a descubrir la belleza, que me lleva a la estética…; se caen muchas ideas ajenas, tópicos una y mil veces repetidos. A veces entras en pánico… por que son enormes los descubrimientos, y la compensación a ese viaje al infierno legítimo, es la serenidad.
    “el día en que cada ser humano se descubra y se conozca a sí mismo, dejará de ser tanto amo como esclavo”. JUNG

    • Ame dice:

      Grandes palabras, y gran viaje el que llevas por la vida. Los libros pueden ser una fuente de alegrías. Entiendo que pasa lo mismo que en un blog, que tienes espacio para pensar sin la presión de ojos ajenos, puedes decidir hablar, esperar a que tu respuesta llegue y compartirla o no. Es muy privado. Gracias a ti

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