Si quieres ayudar, deja de dar consejos (no funciona)

 

Llega mi amiga María y me cuenta que está agobiada porque no sabe qué hacer con su vida, dice que Raúl no la entiende, que tiene ganas de llorar y se siente perdida.

Automáticamente mi mente entra en modo solución: busco, analizo, comparo, identifico cada palabra que ella me dice. Con la buenísima y justificada intención de ayudarla, de darle una solución.

Le digo “necesitas..”, “tienes.. “, “no puedes…”. Y ella asiente entre lágrimas, me da las gracias y se va.

Yo me siento estupenda por haber ayudado a una persona importante para mí.

Y los pájaros cantan y las nubes vomitan arco iris…

Pero, espera, esto no es todo lo que está pasando, porque, dentro de María….. las cosas no están “solucionadas”, y yo no la he ayudado, no le he dado lo único que ella necesitaba de mí desde el primer minuto.

 

No se siente comprendida

Aunque le haya dicho “te entiendo” o “qué rabia” o “siento que estés pasando por esto”… En realidad, no la he escuchado.

A ver, la he escuchado, pero he cambiado el foco automaticamente hacia mí. Porque, vamos a ser sinceros, cuando damos un consejo estamos tratando de demostrar algo. Queremos muchas cosas y dejamos que esas cosas tomen el control de una situación que no era nuestra en un principio.

Puede ser que sin darme cuenta quiera demostrar que sé mucho de ese tema, o que soy muy lista y tengo una respuesta para todo, o que soy la ONG de mis amigas y así me siento súper útil y mi vida tiene más sentido, o quiero que los demás me vean como alguien resolutivo que controla las situaciones…. La lista depende de cada uno, pero cuando damos consejos suele haber una agenda oculta, tan oculta que quizás ni seamos conscientes de que existe.

María probablemente esté acostumbrada, como lo estamos todos, a que alguien le diga lo que tiene que hacer en todo momento. Y cuando tiene un problema es posible que se sienta una inútil porque no sabe qué hacer. No es que no sepa, es que nunca se ha hecho esas preguntas porque siempre hay alguien dando las respuestas. Unas respuestas, por cierto, que ella, la mayoría de las veces, no ha pedido. Pero es lo que todo el mundo hace alrededor suyo y no se ha preguntado porqué. Ahora bien, cuando vienen los resultados de esos consejos nadie quiere ser responsable cuando no salen bien, ni siquiera ella.

 

¿Sabes qué necesita María?

Que la escuchen. Así sin más.

Que la escuchen con todo.

Aceptar sus emociones.

Sentirse validada.

 

De pequeña te dicen “qué buena es/qué bien se porta” cuando tus emociones son aceptables y “qué mala es/qué mal se porta” cuando, al parecer, no estás en control de tus emociones.

Pensamos que tenemos que controlarlas, sino algo horrible pasará y nos convertiremos en niñas-lobo caprichosas y una vergüenza para la familia. Hacemos con nosotras lo que nos hicieron y volvemos a repetirlo con los que vienen detrás.

Pero te voy a decir una cosilla que quizás hayas sospechado más de una vez: no puedes controlar tus emociones.

El control está sobreestimado, nos lo venden en la tele para todo, pero no es más que humo. Cuanto más tratas de controlarlas, de esconderlas, más problemas van surgiendo.

Tus emociones no son algo irracional y despreciable. Te mandan un mensaje sobre lo que esta ocurriendo, te hablan de coherencia e incoherencia entre lo que haces y lo que sientes, te dicen si algo te gusta y es para ti, te dicen si algo te hace daño… Y si tratamos de taparlas estamos ignorando el mensaje, matando al mensajero y engañándonos. Perdemos la conexión con la brújula y nos sentimos perdidas. Buscamos la solución fuera, buscamos algo que nos gobierne porque creemos que “estamos fuera de control”.

Pero esas emociones, tan repudiadas durante siglos, merecen un respeto. Merecen ocupar su lugar, como una señal para saber qué ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotras.

Lo que si podemos controlar es lo que hacemos a partir de ellas, cómo las interpretamos, si reaccionamos o no, si las tratamos de tapar o no. Cuando prestamos atención, las reconocemos y aceptamos que están ahí, entonces bajan irremediablemente, ya han cumplido con su cometido. Podemos buscar de dónde han venido, cuál es la solución, o replantearnos la situación o resolver el malentendido con nosotras mismas o con otros…

 

En lugar de dar consejos, puedo…

Aceptar a María en su situación, para ayudarla a que ella también se acepte con su situación, acepte los mensajes que le están llegando y, si es necesario, haga cambios, reconozca lo que está viviendo o busque ayuda.

Creer que tenemos que solucionar los problemas de los demás es creer que estamos por encima. Sí, sé que suena algo exagerado, pero tengo que reconocer que no lo es. Cuando he querido ayudar a otros he caído en esa grandiosidad. No porque crea que estoy por encima, sino porque cuando alguien viene a desahogarse y yo automáticamente me pongo a darle la solución, me estoy poniendo en un plano superior. Aunque sea sin querer, aunque sea para darme valor a mí misma porque me subestime y tenga la idea falsa de que tengo que demostrar algo para merecer ser. Lo peor de todo es que le estoy robando la oportunidad de crecer y confiar en sí misma. Es el Síndrome del Salvador.

Antes creía que había una forma de solucionar tus problemas y que si no pasabas por ahí no podías resolverlos de verdad. Una única verdad para todos. Pero he aprendido que, incluso aunque terminemos recorriendo caminos similares, nunca van a funcionarnos las cosas que hacen los demás. Para que algo me funcione a mí necesito hacerlo mío, asimilarlo y procesarlo. Lo mismo que tú. Puedo inspirarme en lo que haces, identificarme con algo tuyo, pero las palabras no van a ser las mismas que yo uso y por tanto no me voy a reconocer completamente. Y es positivo. Es independencia. Y creo que necesitamos fomentarla en los demás dejando de dar consejos, dejando de salvarlos y dándoles espacio para sentirse aceptados y capaces de encontrar sus propias soluciones. Y de paso hacer lo mismo con nosotras.

Quizás, después de escuchar a María, ella me diga: “Amelia, ¿qué hago?“. Y quizás pueda ayudarla en su solución. Pero ahora soy más cuidadosa porque entiendo que esa vulnerabilidad suya es algo muy precioso que ella necesita tener entre sus manos.

Le diría: “María, sé que eres capaz de encontrar una solución y si necesitas mi ayuda te la daré. Cuando me pasó algo parecido hice… y después pasó… y me sentí así…“.

Hacer preguntas ayuda a la otra persona a encontrar sus respuestas:

  • Si no hubiera consecuencias, ¿qué harías?
  • ¿Qué te preocupa?
  • ¿Te ha pasado esto antes?
  • ¿Te sientes obligada a hacer algo o te han dado algún consejo?
  • ¿Qué dicen los demás?
  • ¿Qué es lo que te pide el cuerpo?
  • ¿En qué puedo ayudarte?

En las Love Tribes una de las guías fundamentales es que en lugar de dar consejos somos compasivos y esto crea un ambiente seguro. Y cuando queremos dar un consejo, lo hacemos desde nuestra experiencia. Diciendo algo como “Yo tuve esta experiencia”, “A mí me funciono esto” o “Estoy haciendo esto otro”. Y apoyando al otro en lo que ya está haciendo, en su valentía de sacar algo que es importante para él en ese momento.

Sé que es un reto enorme, porque vivimos en una sociedad donde dar consejos parece una necesidad vital y no somos del todo conscientes de porqué lo hacemos o para qué. A mí me costó bastante al principio, pero ha sido y sigue siendo un reto personal importante y me ha ayudado a desarrollar otras habilidades que no sabía que tenía. Además de aumentar mi paciencia conmigo para estar delante de alguien que puede estar sufriendo o estar preocupado y saber que el mismo es capaz de resolver su propio enigma sin que nadie le dé el visto bueno. Lo mismo que yo. Esto ha hecho que confíe más en mis habilidades que cualquier otra cosa. Y te aseguro que somos más capaces de lo que creemos en un principio.

Y tú:

¿Sueles dar consejos? ¿O eres más de hacer preguntas y dejar espacio a los demás?

Llega mi amiga María y me cuenta que está agobiada porque no sabe qué hacer con su vida, dice que Raúl no la entiende, que tiene ganas de llorar y se siente perdida. Automáticamente mi mente entra en modo solución

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6 Comentarios en “Si quieres ayudar, deja de dar consejos (no funciona)
  1. Silvia dice:

    Gracias por el artículo Amelia!
    Me he sentido muy identificada con el tema del control emocional

    Un abrazo!

  2. Nerea dice:

    Antes siempre daba consejos, casi órdenes. Hasta que llegué a la misma conclusión que tú. Ahora me siento más cerca de mis seres queridos, porque les escucho y les acompaño en su evolución. También me he bajado de mi pedestal de superioridad y recibo consejos y compañía en mi evolución. Aceptar la vulnerabilidad ajena te permite aceptar la propia y eso es ¡genial!

    • Amelia Mirón dice:

      ¡Bienvenida Nerea!

      Wow! “Aceptar la vulnerabilidad ajena te permite aceptar la propia”. Para mí es 100% verdad 🙂

      A mí me queda aún mucho por recorrer porque me sigue saliendo ese impulso primero pero después me paro y es como dices, tengo una conexión más profunda con ellos y creo que hasta se va contagiando un poco. Es como entrar en otro nivel de intimidad.

      Gracias por compartirlo aquí.
      Un abrazo grande Nerea!

  3. Jess dice:

    GRACIAS, Amelia, así con mayúsculas, porque me siento ahora mismo como María y es la primera vez que me siento comprendida, no juzgada, confortada. Gracias, de verdad

    • Amelia Mirón dice:

      ¡Bienvenida Jess!

      No sabes lo que significa para mí leerte.
      Es muy difícil no dar consejos, yo los doy sin querer muchas veces. Pero desde que he vivido lo que es que no te los den, de verdad me ha transformado.
      Muchas gracias a ti por venir 😀

      ¡Un abrazo!

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