Vironika Tugaleva: “Lo que aprendí de no ser perdonada”

Tuve una vez una amiga que ahora se arrepiente de haberme conocido. #incondicionalmente #vironikatugaleva #lovetribes #perdon #amor #amistad #amigas

No es la primera vez que te hablo de ella, pero hoy tengo la suerte de contar con la amistad de Vironika Tugaleva. Life coach, colega de profesión, nómada y mi cheerleader particular. Sus artículos me inspiran, me enseñan a confiar y a volver a levantarme cada vez que me caigo. Gracias a ella existen las Love Tribes, espacios donde pervive su visión del mundo en la que la evolución humana moderna discurre en la mente, en el cambio de mentalidad hacia el amor propio, a los demás y al mundo en el que vivimos.

Te dejo con su artículo y, como siempre, te espero en los comentarios (-:

Lo que aprendí cuando no fui perdonada

Tuve una vez una amiga que ahora se arrepiente de haberme conocido.

Ella estaba allí para recoger la sangre cuando la oscuridad de mis entrañas salía rajando mi garganta. Ella estaba allí cuando me vendaba tan apretadamente esas heridas que no podía respirar, no podía ver, no podía sentir.

Me vio pudrirme por dentro y volverme egoísta. Vio cómo mi odio por mí misma se externalizaba en odio hacia otras personas, hacia ella.

Se fue.

A sus ojos,  por el daño que provoqué en su puro y sensible corazón, se fue demasiado tarde. Estaba en aquellos momentos, pero lo único que vio fueron ojos fríos y vacíos que no podían, no aceptarían su cariño. Porque aceptando cualquier tipo de amor significaría admitir que me faltaba amor. Que necesitaba amor.

Ella pensó que todo fue para nada.

La entiendo. También me han herido de esa misma forma. Después de todo, ¿cómo desarrollamos a nuestros demonios sino es a manos de las personas que alguna vez se juraron a sí mismas que no soltarían esos mismos demonios sobre aquellos que quieren? Vamos haciendo círculos.

El amor me salvó.

No elegí quererme a mí misma porque me pareció una buena idea. Me ahogaba en un océano de odio, y el amor fue la única costa a la vista. Traté con todas mis fuerzas de cambiar a quien veía en el espejo, pero ella siguió apareciendo incansable y determinada, para ser aceptada.

Me rechacé tanto como rechacé a esta amiga. Ella fue mi primer maestro sobre cómo querer, pero no lo supe entonces. No conocía nada excepto mi propio dolor.

Me dio lecciones que no pude apreciar hasta que me enfrenté a la agotada y furiosa niña dentro de mí— su piel y pensamientos llenos de cicatrices. No podía manejar el dolor de esta pequeña, así que la encerré en una torre dentro de mí y, cada vez que su angustia recorría mis venas, la empujaba más y más en las profundidades. No permitía los sentimientos de esta niña, así que suprimí los mismos sentimientos en otros.

De pie, mirando a los ojos de esta hermosa y herida criatura, me recordó a alguien que conocía. Alguien a quien había tratado exactamente igual.

No era la única. Cuando yo sufría, dejaba una estela de sufrimiento detrás. He intentado con gran pesar y cálidas palabras, corregir mis errores. He tratado de expresar mi comprensión y reconocimiento del dolor que he causado. Algunas personas me han perdonado, mientras otras, como esta amiga, no lo han hecho.

Las palabras “para nada” me han perseguido, por ser tan profundamente falsas. Ella fue mi primer maestro sobre amabilidad. Me dejó flores de amor fuera del muro de ladrillo que yo había construido para mantenerla fuera, y aunque ya se había marchado cuando derribé ese muro, su regalo no fue desaprovechado.

No me di cuenta de lo que tenía hasta que se fue. No era consciente del dolor que había provocado hasta que me permití sentir los años de dolor que me fueron impuestos.

Pensaba que perdonarme a mí misma era lo más difícil. Para hacerlo, tenía que perdonar a las personas que me habían hecho daño. Solo podía hacerlo abriendo mis ojos al patrón entretejido de una cultura y una generación falta de amor, abusada y abandonada, de la que había participado inconscientemente.

Escalando mi corazón a través de los restos de culpa, fue difícil descubrirlo, pero lo encontré al final. No supe hacerlo mejor, como tampoco supieron las personas de mi pasado.

Supongo que podría tomar la misma actitud hacia las personas que no me han perdonado, como esta amiga, entre otros. Podría decirme que ella no sabe hacerlo mejor, que algún día entenderá cuánto me arrepiento de los errores ciegos que cometí. Quizás un día será facil. Pero ahora mismo es duro.

Siento que también he llamado miles de veces, Adele, y me ha enseñado que hay cosas más difíciles que el perdón. Más difícil que perdonar a aquellos que me hicieron daño y que perdonarme por haber hecho daño a otros es darme cuenta de que mi disculpa no puede curar a nadie.

Mis disculpas no pueden arreglar el pasado. Solo porque ahora tenga consciencia no se borra el daño que hice sin ella.

Ha sido un mal trago, pero estoy aprendiendo.

Estoy aprendiendo que hay una diferencia entre sentirme culpable por algo porque amenaza la imagen que tengo de mí misma y sentir empatía por el dolor que he provocado en la vida de otra persona. Estoy aprendiendo que una persona herida por mí puede no ver esa diferencia. Estoy aprendiendo que la compasión que siento por alguien que se considera así misma una víctima podría no ser sentida nunca.

Estoy aprendiendo a perdonar las cosas que no puedo controlar por su persistencia.

Estoy aprendiendo a perdonar a la vida por no tener un botón de rebobinar.

Y esa ha sido la lección más difícil de todas.

Este artículo fue publicado por primera vez en Elephant Journal el 29 de febrero de 2016. Vironika me ha dado permiso para traducirlo y re-publicarlo. Puedes leer el original aquí, y visitar a Vironika en su web www.vironika.org. Foto de portada de Ian Schneider.
Vironika Tugaleva
Life coach | Escritora |

Autora del libro The Love Mindset y fundadora de The Real Us.
Vironika te ayuda a cultivar el amor por ti misma, superar el sufrimiento emocional y mental, desarrollar hábitos saludables, construir relaciones profundas con otros, y desatar tu potencial para cambiar el mundo.

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